jueves, 18 de febrero de 2010
El pasajero. Por Mabel Hernández Aranda
Una tarde en otoño, llegó al pueblo abandonado un viajero que se había equivocado de camino. Llamó dubitativamente a la puerta de la primera cabaña y entonces… una bella doncella, de rubios cabellos ensortijados, un precioso vestido y unos zapatos rojos de charol, le abrió la puerta. El pasajero estaba estupefacto, por la belleza singular de aquella joven. Cuando el pasajero reaccionó, y dejó de pensar, ella ya no estaba. Soltó el equipaje, y rápidamente comenzó a buscarla. Cuando iban por una explanada de albero, el la alcanzó. No dudó en preguntarle cuál era su nombre, pero la joven no respondió.
-¿De dónde eres? ¿Es que acaso no hablas mi idioma?
La joven lo miró con cara desconcertada y respondió:
-Claro que hablo tu idioma. ¿Quién te crees que soy? Que viva aquí, en este pueblo desamparado, donde no puedo hablar con nadie, no significa que no sepa.
-¿Dónde estoy? – Preguntó desconcertado.
-En un pueblo de Almería, próximo al desierto de Tabernas.
-¿Vives sola aquí? –Curioseando.
-No, hay unos pocos vecinos más, bueno, y mi perra Maya. –Le respondió.
La mirada que se intercambió en ese momento lo dijo todo, era un amor a primera vista. Día a día, semana a semana, mes a mes… se enamoraban más el uno del otro.
Un día, el pasajero y la joven salieron a pasear, de repente, él se paró, le miró a los ojos y le propuso matrimonio.
Finalmente se casaron y tuvieron dos hijos: Verónica, como ella, y Alfonso, como él.
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La terrible historia de Melisa. Por Ana Rojas Mariscal
Una tarde en otoño llego al pueblo un viajero que se había equivocado de camino. Llamó dubitativamente a la puerta de la primera cabaña y entonces como nadie le abría se marchó , pero de pronto la puerta de la casa se había abierto.
El muchacho llamado Justin decidió entrar. La casa era muy antigua, oscura, y parecía que allí no había nadie desde hacía muchos años. Justin estuvo un rato viendo toda la casa y comprobó que estaba deshabitada. El muchacho decidió quedarse allí para poder descansar un poco hasta la mañana siguiente. Por la noche Justin , que dormía en una de las habitaciones de la casa , se despertó porque escuchó los pasos de una persona. Salió de la cama y fue a ver que ocurría. Mientras caminaba por la casa vio de repente una sombra. Justin la siguió , pero al instante desapareció y los pasos se dejaron de escuchar. Este se quedó durante un largo rato buscando qué o quién había en la casa. Pasado un tiempo no encontró nada, y pensó que había sido su imaginación. Entonces Justin volvió a dormirse. A la mañana siguiente, él pensaba buscar el camino de vuelta a su casa en la ciudad, pero cuando ya había recogido todas sus cosas e intentó abrir la puerta, estaba cerrada, no se podía abrir. Justin intentó salir por alguna de las ventanas pero todas estaban atascadas. De pronto volvió a escuchar los mismos pasos de la noche anterior. Justin se dirigió hacia la sala de estar. Allí vio un espíritu. Era una joven con el pelo largo, sucia y con heridas por el cuerpo. Él , un poco asustado le preguntó quién era y qué hacía. Ella le respondió que se llamaba Melisa y que murió hace muchos años mientras daba un paseo por el bosque, al caer en un agujero que había en el suelo y que, al estar cubierto por hojas, no vio. Allí se quedó su cuerpo, ya que su familia nunca la encontró. Melisa quería que Justin fuera a buscarlo, para que la enterrara en el cementerio del pueblo junto a su familia.
Justin lo hizo. Al día siguiente fue a buscarla por el bosque. Tardó mucho tiempo, pero cuando ya oscurecía por fin la encontró . La cogió en sus brazos y se dirigió hacia el cementerio. Cuando llegó enterró el cuerpo de Melisa junto con el de sus familiares como ella quería. Por fin Melisa pudo descansar en paz , pero antes de irse ayudó a Justin a salir de aquel pueblo y regresar a su ciudad.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Historia de amor. Por Isabel Coronel García
Una tarde, en oto
ño, llegó al pueblo abandonado un viajero que se había equivocado de camino. Llamó dubitativamente a la puerta de la primera cabaña y entonces la abrió una joven delgada de mirada perdida, cabello dorado, ojos azules como el mar y dientes como perlas.
Sintió latir su corazón como jamás le había sucedido. Empezaron a sudarle las manos sin parar, como un día de tormenta inacabable. Sus piernas le temblaban haciendo tambalear todo su cuerpo, hasta que finalmente cayó desmayada al suelo perdiendo totalmente el conocimiento.
Él tampoco podía creer lo que estaba viendo. Hacia más de veinte años que no veía a esa mujer, tenían sólo quince años y fue en un lugar tan remoto que jamás se podía pensar que el destino los volviese a juntar.
Entonces cuando sólo eran unos niños estaban viviendo tiempos difíciles. La guerra había estallado en Inglaterra, dejando a miles de niños desamparados, huérfanos o hambrientos en el mejor de los casos.
La familia de Elizabeth, de alto fango militar, tuvo demasiado que ver en el desenlace de esta historia.
Su padre, Federick Watson, capitán general de la Armada Inglesa, tuvo que tomar una decisión muy importante. El próximo ataque contra las tropas francesas sería definitivo para el fin de la Guerra. Era demasiado fácil para ser verdad, pues esta vez su enemigo era una aldea francesa con sólo unas pocas familias de ganaderos, pero capitaneados por uno de los más temidos gobernantes franceses de esos tiempos .
Pierre, el hijo adolescente de Jaques, capitán de la tropa francesa, junto con más niños, ya se estaban preparando para defender su nación como si fuese un hombre.
En el último combate, en el que luchó mano a mano con su padre, este fue herido de muerte por Frederick Watson. Como siempre ocurre. Igual que en el barco, las ratas son las primeras en abandonarlo cuando este se hunde, de esta misma manera sucedió en la batalla, pues los combatientes franceses, al verse intimidados por el superior número de militares ingleses, se retiraron de la batalla. Junto al cuerpo del capitán permanecía el joven Pierre, al capitán Watson le conmovió tanto la imagen que se llevó casi a rastras al muchacho para criarlo como si fuera su propio hijo, a pesar de no poder haber hecho nada por el capitán de las tropas francesas.
Los meses que vivieron juntos en Inglaterra pudo entablar una buena amistad con Elizabeth, pero el muchacho no podía perdonar que el capitán Watson hubiera matado a su padre y por eso terminó huyendo. Los Watson no volvieron a saber nada de él. Al poco tiempo Elizabeth, junto con su familia, tuvo que marcharse a las Colonias inglesas de África, cuando ya había acabado la guerra, y allí murió el capitán Watson. Ahora, veinte años después, el destino los vuelve a unir y rememoran esos viejos tiempos y se ponen al corriente de todo lo que les había sucedido en sus vidas durante todo ese tiempo.
El corazón de Pierre ha aprendido a perdonar a su enemigo y confiesa a Elizabeth que todo el dolor y el rencor que guardaba dentro se convirtió en el más intenso amor por la hija del hombre que le arrebató la vida a su padre.
Él fue correspondido con el amor de Elizabeth y nunca más se volvieron a separar.
ño, llegó al pueblo abandonado un viajero que se había equivocado de camino. Llamó dubitativamente a la puerta de la primera cabaña y entonces la abrió una joven delgada de mirada perdida, cabello dorado, ojos azules como el mar y dientes como perlas.
Sintió latir su corazón como jamás le había sucedido. Empezaron a sudarle las manos sin parar, como un día de tormenta inacabable. Sus piernas le temblaban haciendo tambalear todo su cuerpo, hasta que finalmente cayó desmayada al suelo perdiendo totalmente el conocimiento.
Él tampoco podía creer lo que estaba viendo. Hacia más de veinte años que no veía a esa mujer, tenían sólo quince años y fue en un lugar tan remoto que jamás se podía pensar que el destino los volviese a juntar.
Entonces cuando sólo eran unos niños estaban viviendo tiempos difíciles. La guerra había estallado en Inglaterra, dejando a miles de niños desamparados, huérfanos o hambrientos en el mejor de los casos.
La familia de Elizabeth, de alto fango militar, tuvo demasiado que ver en el desenlace de esta historia.
Su padre, Federick Watson, capitán general de la Armada Inglesa, tuvo que tomar una decisión muy importante. El próximo ataque contra las tropas francesas sería definitivo para el fin de la Guerra. Era demasiado fácil para ser verdad, pues esta vez su enemigo era una aldea francesa con sólo unas pocas familias de ganaderos, pero capitaneados por uno de los más temidos gobernantes franceses de esos tiempos .
Pierre, el hijo adolescente de Jaques, capitán de la tropa francesa, junto con más niños, ya se estaban preparando para defender su nación como si fuese un hombre.
En el último combate, en el que luchó mano a mano con su padre, este fue herido de muerte por Frederick Watson. Como siempre ocurre. Igual que en el barco, las ratas son las primeras en abandonarlo cuando este se hunde, de esta misma manera sucedió en la batalla, pues los combatientes franceses, al verse intimidados por el superior número de militares ingleses, se retiraron de la batalla. Junto al cuerpo del capitán permanecía el joven Pierre, al capitán Watson le conmovió tanto la imagen que se llevó casi a rastras al muchacho para criarlo como si fuera su propio hijo, a pesar de no poder haber hecho nada por el capitán de las tropas francesas.
Los meses que vivieron juntos en Inglaterra pudo entablar una buena amistad con Elizabeth, pero el muchacho no podía perdonar que el capitán Watson hubiera matado a su padre y por eso terminó huyendo. Los Watson no volvieron a saber nada de él. Al poco tiempo Elizabeth, junto con su familia, tuvo que marcharse a las Colonias inglesas de África, cuando ya había acabado la guerra, y allí murió el capitán Watson. Ahora, veinte años después, el destino los vuelve a unir y rememoran esos viejos tiempos y se ponen al corriente de todo lo que les había sucedido en sus vidas durante todo ese tiempo.
El corazón de Pierre ha aprendido a perdonar a su enemigo y confiesa a Elizabeth que todo el dolor y el rencor que guardaba dentro se convirtió en el más intenso amor por la hija del hombre que le arrebató la vida a su padre.
Él fue correspondido con el amor de Elizabeth y nunca más se volvieron a separar.
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